El pasado domingo, mi amigo y columnista, Cayetano Llovet,
en su nota "¿Transversales, transformes o travestis?"
criticó ácidamente al grupo parlamentario recientemente
estructurado en torno a la necesidad de asumir una nueva actitud
y devolverle algo de credibilidad al accionar del Parlamento.
Mientras este conjunto de congresistas se pronunciaba sobre
diversos temas de interés nacional que hacen a la delicada
agenda de responsabilidades congresales, el ingenio de detractores
y de benevolentes analistas lo etiquetaban y bautizaban como
el grupo de "transversales", "oportunistas",
"promesistas", "rebeldes", "disidentes",
"G-36", etc. Sinceramente, a estas alturas, la crítica
no sorprende ni asusta, al contrario es bienvenida. No extraña
que este peculiar grupo sea blanco de críticas relacionadas
a su circunstancial y heterogénea composición
y a su actuación en una coyuntura atípica que
nos exige cambiar en todos los ordenes de la vida institucional
política, empresarial, sindical y comunicacional.
Siento la obligación de dar respuesta a tan adjetivada
nota, la cual reincide en actitudes altoperuanas y la cultura
del "NO y nada vale" que ella misma critica desde
el púlpito pontificador de analistas y críticos
de la política.
La historia y la ciudadanía nos exige transformar (¡ojo!
palabra positiva iniciada con "tr") y erradicar viejos
estilos de hacer política. Es más, con razón,
se nos censura por no haber leído correctamente los conflictos
y los hechos de Febrero y Octubre del 2003. ¿No resulta
entonces contradictorio y hasta esquizofrénico que, mientras
se nos exige autocrítica y cambio, haya voces "autorizadas"
que nos nieguen el derecho y el deber a cambiar y a liberar
nuestra palabra de consignas y patrones "disciplinarios"
hoy cuestionados?. El derecho a enmendar desaciertos y a cambiar
de criterio, no es monopolio de ciudadanos ni de comentaristas
"no políticos". Es parte de la pedagogía
que todo el pueblo boliviano debe recoger, especialmente las
elites formadoras de opinión.
No abdicaremos al derecho de romper dogmas, de recuperar la
capacidad de deliberar restituyendo escenarios tolerantes a
la discrepancia, aún a riesgo de que esta sea tildada
de deslealtad, impostura e indecencia.
Es reconfortante, compartir, debatir y discrepar entre "transversales",
sin renegar de nuestras bancadas partidarias. Es saludable reconocer
que varios colegas y bancadas, coinciden, aportan, enriquecen,
respetan e inspiran iniciativas comunes. Somos lo que fuimos;
mas o menos rebeldes, sumisos, contestatarios, "cuoteadores",
inteligentes o propositivos en la interna de nuestros partidos
y coaliciones, hoy en crisis. Somos lo que somos en nuestra
circunstancia, diría Gasset. Algunos volveremos a la
política, muchos cerraremos el ciclo de vida parlamentaria
y de servicio público. Queda claro sin embargo que, hasta
el último minuto que asumamos nuestro mandato, no desmayaremos
en el esfuerzo de hacer las cosas de distinta y mejor manera.
Acepto que la oportunidad del cambio deviene de la circunstancia
histórica, en ese sentido, hablar de oportunismo no es
ofensivo. Lo que resulta torpe, es atribuir la movida "transversal"
al interés de acceder a ventajitas del poder palaciego
y lo que es peor, a una estrategia prematura para conformar
directivas camarales. ¡ Vaya simplismo para entender la
complejidad de un parlamento atravesado por "comparsas"
regionalistas, semigolpistas, radicales o confundidas, con seguridad
de mas cuidado que la aludida transversal!.
Quizás, nuestro amigo y crítico, tenga razón.
¿ No estará nuestra controversia inspirada bajo
el influjo de libaciones en tiempos de carnaval?.